viernes, 28 de noviembre de 2014

Las primeras aventuras de Titú.

Bueno, al principio, Titú, como todos los niños, no era muy grande y no podía hacer muchas cosas solo ya que su mamá estaba siempre cuidando a su pequeño. Pero muy rápidamente nuestro fiero aventurero creció sin parar y pudo, por fin, irse como explorador, no muy lejos, no, mamá no lo hubiera permitido, pero como en el castillo donde vivía había un gran jardín, es allí que empezaron sus fantásticas aventuras (1).


Allí, en su jungla íntima, Titú podía explorar entre legiones de flores multicolores; protegerse del sol bajo las altas hierbas; jugar a la pelota con papá; huir de los tigres, típicos felinos de Burdeos que, por desgracia, desaparecieron misteriosamente a principio de los ochenta; cazar a los indios que en esta turbia época sólo eran malos; y hacer trampas a los terribles lagartos que poblaban las murallas que cercaban la selva, protegiéndola de fuera, de lo desconocido, esas tierras incógnitas que aún Titú no se había atrevido a explorar.








Sí, eran grandes momentos, pero donde mejor se estaba era dulcemente acurrucado contra el pecho de mamá, escuchando latir su corazón antes de dormir, soñando con ella que siempre todo iba a seguir así, que sería eternamente el Apolo de su vida. Aún así, Titú era como el Zorro, no tenía bigote pero sí capa y espada, hasta las moscas temblaban con todas sus patas al verlo. El muy chiquitín no tenía miedo a nada, a nada salvo al gato del vecino que era negro y malvado.





Los fines de semana venían los abuelos a comer a casa (2). Eso era muy divertido. El Jojo no paraba de decir tacos y liquidaba todas las botellas de tinto a la vista mientras la abuela, que era capitana de corbeta y canta autora a la hora de dar ostias consagradas, daba ordenes perentorios para que todo  fuese sobre ruedas (como el abuelo de vuelta a casa).





Después de tantas aventuras, había que descansar como un guerrero, a la sombra y sobre su hamaca de la jungla y bajo la custodia del gran oso blanco, su mejor amigo, que venía del Kilimanjaro y que, un día, se perdió en el mar mediterráneo.


-----

(1) El jardín de la casa de Burdeos, que se ubicaba en la calle Mazarin, aparece en todo su esplendor en el capítulo "Los juguetes se esconden para morir", mientras el asador y la mesa para las comidas domingueras tienen protagonismo en "Una parrillada picante", dos capítulos del álbum "Mistigri" magníficamente ilustrado por Nacho Casanova.

(2) La abuela aparece por primera vez en "Las orillas del fin del mundo", mientras el Jojo deslumbra en "El perro Malako", ambos en el "Mistigri".

lunes, 17 de noviembre de 2014

Pesadilla blanca.

No todo tiene que ser real en las historias de Titú. Cómo se puede comprobar en sus aventuras, es un niño muy, pero que muy soñador. Cualquier excusa es buena para que lo real se transmute en nuevos juegos, nuevas travesuras dignas de ser vividas.




Esta historia inédita fue realizada por Carlos de manera espontánea y sin guiarse por un recuerdo que he podido contarle en algún momento. Poco a poco seguiremos enriqueciendo nuestro mundo de papel con nuevas e intrépidas aventuras.
Chris.