lunes, 12 de enero de 2015

Llega Sebastián.

Hacía tiempo que mamá estaba como distinta. Era igual de cariñosa que siempre, pero algo en ella había cambiado. Contó a Titú que pronto tendría a un hermano para jugar con él. Y lo más curioso de todo es que así ocurrió. Un día, mamá se fue durante todo el día y volvió con Sebastián. Era muy chiquitín y Titú no sabía que podía hacer con un hermano tan pequeñito. No era gran cosa, la verdad, y de momento era más un estorbo que un verdadero regalo. Lo que Titú no conseguía entender era que, aunque Sebastián no hablaba nada de nada, todos no paraban de hacerle mimos y decirle cosas bonitas.




Pero el pequeño creció y ahora Titú no era el único en cumplir años. Lo que más le daba rabia era no tener regalos cuando era el cumpleaños de su hermano. Además de ser el centro de atención de toda la familia, Sebastián tocaba piano, lo que dejaba a Titú totalmente fuera de sus casillas.





Pero Sebastián seguía creciendo poco a poco. Ahora se parecía más a un cangrejo flacucho que a otra cosa, aunque cuando Titú hacía de justiciero invencible, su hermano lo miraba como si fuese el más fuerte del mundo. Eso le gustaba mucho a Titú.






Al final, Titú tuvo que admitir que era muy bueno tener a un hermano pequeño. Podía servir para muchas cosas, y las batallas eran muchas más divertidas que jugándolas a solas. Bueno, no todo era perfecto. Por ejemplo, el día de los reyes, Titú tenía que compartir su trono. No le gustaba especialmente pero siempre había coronas para ambos.




Y cuando se trataba de jugar al rugby, Sebastián siempre era el más valiente. Ambos levaban la indumentaria al completo, incluido los zapatos de tacos que les había regalado el yayo Jojo, muy famoso en todo el barrio. Eran tiempos de gloria, donde la vida era sólo juego y diversión. Sebastián amaba profundamente a su hermano y eso valía más que tooooodos los regalos del mundo.