miércoles, 4 de marzo de 2015

Las orillas.

El tiempo y el espacio son importantes, ya lo sabemos, pero no me refiero a las dimensiones que intentó explicarnos Einstein. Me refiero a otras dimensiones mucho más prosaicas y caseras. Y sobre todo, me refiero a esa dimensión espacio-temporal fácilmente perceptible por nuestros cerebros. Se entiende que coincidir en el espacio es sencillo de percibir, pero coincidir en el destiempo es más jodido.


Yo conocí a Titú a destiempo. Y eso me afectó. Yo conocí a Titú de mayor, cuando en realidad Titú nunca creció. Yo conocí las aventuras de Titú cuando ya no podía acompañarle en ellas. Yo conocí los juegos de Titú cuando ya no podía jugar con él. Yo conocí a los abuelos de Titú cuando ya no era posible ir a merendar a sus casas, o cuando ya no podía aprender de sus experiencias. Yo supe de las excursiones de Titú y de su familia cuando ya no podía viajar con ellos, y me enteré de la existencia de su patio trasero cuando ya no podía ir a jugar allí.


El tiempo es cruel, sí. Pero el destiempo lo es aún más.

Pero se puede luchar contra él. Yo lo hice: me empeñé en jugar con Titú; en acompañar a su familia en excursiones y viajes; en ir a merendar a casa de sus abuelos; en mirar a su madre de una forma que no entendía de pequeño, pero que era enamoramiento y apreciación de su belleza y dulzura; en aprender de su otro abuelo cosas de la vida que se nos negaban a los niños… Me empeñé en luchar contra el destiempo de todo eso.



Salieron otras cosas también, pero salió un buen libro. No a cualquier precio, claro. Ya he dicho que el destiempo es cruel. Y se lleva su parte: mi cerebro se vio afectado por las consecuencias de jugar, conocer, viajar, acompañar, aprender… a destiempo.


Desde entonces me reconstruyo con cuidado. Descarto recuerdos erróneos con delicadeza. Me aseguro muy bien de que son erróneos antes de hacerlo, claro. Este proceso me lleva un rato. Pero es importante hacerlo bien. Mi aspecto exterior es como de paralizado, pausado. No enfoco la mirada. Estoy trabajando por dentro, reconstruyendo ese destiempo que he desplazado de mi tiempo privado y personal.

Aún pago ese precio, pero mereció la pena. Mucho.


Stygryt me embarcó en una memoria a destiempo, e hicimos un libro sobre ello. Un libro que merece la pena leerse, un libro que hace merecer la pena los efectos del destiempo. Un libro que huele muy bien. Un libro que se imprimió dos veces, una sobre otra. Un libro que aún puedes encontrar. Un libro que se ensucia, pero porque debe ensuciarse. Un libro que tiene juguetes imaginarios, mamás preciosas, pesadillas y café en botes de mostaza. Ah, y un tigre o dos. O quizá solo un tigre, y lo otro era un gato, no lo recuerdo bien.

Ah, el destiempo, qué cuidado hay que tener con él.
Nacho.