jueves, 23 de junio de 2016

Sebastián y sus amigos.

Enfrente del gabinete de Phil, en Saint-Jean-de-luz, había un callejón muy estrecho y perpendicular a la calle “Du midi”, un nombre mágico para los niños porque es el de la hora de la comida en Francia.

Dicho callejón era siempre oscuro, y Titú y Sebastián sabían que allí uno no  podía quedarse mucho tiempo: escondidos en medio de las sombras, seres misteriosos aguardaban bajo el abrigo de la oscuridad.

Pero un día, Sebastián, el más valiente de ambos hermanos, fue atraído por un “algo” que brillaba en un rincón del callejón. Se acercó y descubrió un curioso animal que lo saludaba con efusión y ánimo. El niño se sentó a su lado y rápidamente aparecieron otros bichos con pinta muy rara, todos charlando animadamente. 

Se juntaron a la curiosa cofradía unas gaviotas parlanchinas que añadieron un toque marítimo a la animada tertulia en la que todos estaban involucrados.

Titú, que no se atrevía a acercarse, observaba a su hermano desde lejos. Es que para penetrar en la luz, hay que cruzar las tinieblas, le dijo su hermano una vez de vuelta en la calle bañada de sol.

Nunca más hablaron del tema, y Sebastián se quedó con el secreto de su misterioso encuentro para siempre.

Si os apetece saber más acerca de las historias que se contaron aquel día, preguntádselo a él o bien a las gaviotas, por si conocéis algunas, a mi nunca me hizo caso ninguna…. 

De hecho, es por esta mismísima razón que siempre voy corriendo tras las gaviotas cada vez que me topo con ellas.