miércoles, 19 de octubre de 2016

Las playas de los veranos infinitos.

Es allí, realmente, que Titú y Sebastián tuvieron sus aventuras más famosas, aventuras recordadas hasta el final de los tiempos, cuando la vida ya no es más que recuerdos. Dichas playas han marcado para siempre la memoria de nuestros muchachos y es un honor compartirlas, gracias a las pocas fotografías que aún han perdurado hasta hoy.

Tampoco nuestros amigos iban a muchas de ellas, y tampoco todas eran de arena. La de la gran playa de Saint-Jean-de-Luz era la más concurrida y, sobre todo, la más accesible ya que sólo estaba a cinco minutos de la casa… pero aunque los tres diques proporcionaban algo de magia, le faltaba el toque de aventura de las dos otras, la de la “Corniche” y, sobre todo, la de la “Pile d’Assiette”.







Ir a la Corniche era ya por si, toda una odisea. Había que bajar los largos acantilados cargados de juguetes, material de pesca, la comida del día, las toallas y los libros, los fusiles anti piratas y los arcos mata cangrejos. Pero una vez abajo, el esfuerzo valía la pena. Nunca había nadie y las rocas eran todas nuestras. Era como vivir un sueño, pero de verdad. Allí abajo, la libertad era desmesurada, casi tan infinita como el horizonte que nos hacía soñar.






Me he quedado con mi playa preferida para el final: La Pile d’Assiette. Es allí que Titú fue coronado rey de los siete mares, que escondió su tesoro al mismo tiempo que su corazón… y es allí, aún ahora, donde me refugio en sueños durante los momentos tristes. Me acuerdo que, en marea baja, las rocas formaban una pequeña bahía donde los niños podían nadar con toda seguridad. Pero cuando subían las aguas, era una guerra permanente contra los elementos donde se libraban intrépidas batallas que los muchachos no se perdían por nada del mundo. Y estaba la Pile d’Assiette, imponente e inmortal, fiel guardián de los mares, una fortaleza de rocas inaccesible para nuestros pequeños guerreros.






Volví allí hace poco. El océano se había comido al indomable guardián y el camino se había derrumbado, dejando la playa cerrada y vallada para impedir su acceso. Pero no pasa nada, no… porque cada vez que quiero verla, cierro los ojos y enseguida oigo el leve sonido del oleaje que me está llamando.