lunes, 16 de diciembre de 2019

En búsqueda del firmamento imposible.

Es el fin del año y Titú sigue soñando, más lejos, más allá de la bóveda de nuestros recuerdos.

Su larga búsqueda lo ha levado a encontrar su estrella de la suerte y como es un buen chavalín, desea compartirla con todos vosotros.


Así que es con luz, paz y esperanza que nos despedimos de este largo año 2019.


lunes, 11 de noviembre de 2019

Se buscan.

Titú siempre ha sido un niño curioso.

Hoy, está buscando peces para entrevistarlos. Siempre le ha gustado el fondo del océano y ahora que su traje de buceo ha desaparecido de su caja de los juguetes, no le queda otra que buscarse la vida como puede.

Le encantan las merluzas y los peces de colores. 

Si hay afinidad, contactad con él, por favor.



lunes, 14 de octubre de 2019

Hoy ha venido un elefante.

¡Sí que ha venido! Estaba profundamente dormido cuando he notado su trompa rascándome la oreja.

Siempre viene durante mis sueños. No sé como se llama pero le tengo cariño porque es muy tímido.

A veces me deja subir sobre su espalda y damos una vuelta por allá. No vamos muy lejos porque por allá, vayas donde vayas, siempre vuelves en el mismo sitio.

Bueno, he dormido poco y tengo que ir a clase. ¡Vaya rollo!


lunes, 12 de agosto de 2019

Garabatos y sueños despiertos.

Cuando era pequeño y que mis abuelos ya no sabían que hacer conmigo, me dejaban sentado en la mesa del comedor con unas hojas y unos lápices. Allí los dejaba a todo en una paz absoluta durante horas. Una eternidad para ellos.

En cuanto a mí, no dibujaba, viajaba más allá del mundo de los lápices, donde todo se deja ver en su simplicidad más absoluta.

El resultado de mis primeros garabatos no eran deslumbrante. De hecho casi todo acababa en la basura, aunque he conseguido salvar unos cuantas hojas sueltas.

En cuanto a este señor potato, me recuerda a un viejo amigo mío que venía a saludarme al salir de la cama, antes del desayuno pero después de mi último sueño.



lunes, 8 de julio de 2019

Yo fui un vaquero.

Sí, lo fui. Además me acuerdo muy bien. Tenía un caballo blanco, una mujer india y un fusil para cazar los grizzlis. Tenía dos pistolas y un cinturón con ballas, un sombrero ancho y fumaba cigarrillos de chocolates (con leche).

Hice la guerra contra los salvajes, pero después me hice amigo de ellos y me casé con la hija de un gran jefe Sioux, Niña de las flores, hija de Castor peludo.

Me gustaba viajar por el Oeste salvaje, pero cuando llegaron las ciudades y los coches me hice astronauta y me olvidé de las plumas y de los disparos.

Ahora que soy viejo, echo mucho de menos mis largas cabalgatas en las inmensas praderas, aunque sigo casado mi bella flor.


lunes, 10 de junio de 2019

El osito de mi infancia.

Me acuerdo de mi osito que me regalaron antes de que mi hermano naciera. Debía de tener unos dos años y el buen animal me acompañaba por todas partes. Hasta dormía conmigo.

Con el tiempo, perdió un ojo, cayó en un bote de pegamento y se quedó con el pelaje más espinoso que las espinas de un cactus. Pero lo quería igual.

Y un día desapareció. Desapareció y me olvidé de él hasta que un día, más allá de los veinte y tantos, volví a encontrarlo en un viejo cajón olvidado. Lo saqué de su mazmorra y lo deje en una silla hasta que decidió solito irse de viaje.

Nunca lo volví a ver aunque no lo he olvidado nunca.

Esté donde esté, le deseo lo mejor de la vida.

miércoles, 8 de mayo de 2019

Oda al Gran Malako.

Me acuerdo de ti, animal de pelo raso y de cola cortita, de nuestros paseos juntos, descubriendo nuevos mundos que nos dejaban con las ganas de no volver nunca a casa.

Me acuerdo de las nubes, de la hierba, del olor de los bosques, del zumbido de las abejas y de la voz de la abuela llamándonos para volver a comer a casa.

Dormíamos la siesta juntos, soñando infinitas aventuras que volvíamos a vivir juntos una vez despiertos, buscando tesoros que sólo nosotros podíamos ver.

Te echo de menos, Malako, animal de pelo raso y de cola cortita.



miércoles, 17 de abril de 2019

El silencio.

Es muy curioso, cuando pienso a mi infancia, el primer sabor que suelo recordar es el del silencio y de la contemplación.

Titú era un niño muy normal, le encantaba sobre todo jugar, pero muchas veces lo hacía en solitario, incluso si no estaba solo para compartir sus aventuras.  También era capaz de sentarse durante horas observando el silencio. 

Es probable que el silencio no sea invisible si realmente deseamos observarlo. A veces, lo importante de la mirada sólo se encuentran en los sentimientos.

En estos momento de pura soledad, lo que se ve pierde toda su importancia, quedando en primer plano los sentimientos en estado puro.



martes, 26 de marzo de 2019

La ventana prodigiosa.

Existen otros universos, otras ventanas que dan hacia otra parte, hacia un mundo regido por nuestra imaginación y donde todo es posible.

No hace falta mucho para viajar hacia aquellos lejanos parajes, ni siquiera hace falta una ventana, el cielo es suficiente para abrirnos las puertas milagrosas del más allá.

Yo, cuando era niño, era capaz de parar el tiempo por unos segundos. Este extraordinario don  desapareció cuando me convencí que ese milagro era totalmente imposible. Si no hubiera sido así, quizás ahora sería el amo de los tiempos muertos.



domingo, 17 de febrero de 2019

Día de hóspital.

Hoy, es un día lluvioso. Mamá ha tenido un accidente de coche y no está nada bien. Esto no tendría que hacer parte de la vida de Titú, pero ha pasado y nuestro joven amigo no entiende porque las cosas malas ocurren cuando no tendría que ser así.

El aprendizaje de la vida es duro y el futuro siempre incierto, pero siempre hay esperanza cuando aún hay un soplo vida.



martes, 15 de enero de 2019

De dedicatoria.

Sin lectores, no habría orillas de papel, nuestras bellas historias que realizamos especialmente para los verdaderos soñadores.

Dedicamos este pequeño reportaje a todos los que han adquirido uno de nuestros magníficos libros.

Gracias a ellos, perderse entre las nubes se ha vuelto realidad.








martes, 8 de enero de 2019

La pétanque.

Deporte nacional de Francia, la “pétanque” se juega en solitario o bien en equipo. Pueden jugar desde niños  hasta abuelos, incluso los perros pueden participar. Las bolas suelen ser de acero, pero también las hubo de plástico en los 70, años dorados donde las partidas no tenían fin.

Mientras se juega en buena compañía, siempre se gana. El juego es simple y cojonudo. Hace falta destreza, cerveza y disciplina, coordinación y algo de astucia.