lunes, 10 de junio de 2019

El osito de mi infancia.

Me acuerdo de mi osito que me regalaron antes de que mi hermano naciera. Debía de tener unos dos años y el buen animal me acompañaba por todas partes. Hasta dormía conmigo.

Con el tiempo, perdió un ojo, cayó en un bote de pegamento y se quedó con el pelaje más espinoso que las espinas de un cactus. Pero lo quería igual.

Y un día desapareció. Desapareció y me olvidé de él hasta que un día, más allá de los veinte y tantos, volví a encontrarlo en un viejo cajón olvidado. Lo saqué de su mazmorra y lo deje en una silla hasta que decidió solito irse de viaje.

Nunca lo volví a ver aunque no lo he olvidado nunca.

Esté donde esté, le deseo lo mejor de la vida.